La semana pasada tuve la ocasión de acompañar durante una jornada de trabajo a un equipo que, sintiéndose vocacionado y comprometido con el trabajo que realiza, anda mordiendo el polvo en lo tocante a las relaciones y a la resolución de diferencias entre sus miembros. Otro equipo con potencial, convencido de que lo mejor es “cada uno a lo suyo”.
¿Por donde empezar a responder al SOS del equipo? Es verdad que me habían dado algunas pistas que me facilitaron la tarea de preparar la sesión; pero aún así, estas pistas correspondían a la mirada de una sola persona, y me parecía insuficiente. Después de reflexionar un rato, lo tuve claro, había que echar mano de dos herramientas infalibles para comenzar el trabajo con cualquier equipo: reconocer qué es verdad en este momento y permitirles que se expresen, “a pecho descubierto”, sus emociones. Me explicaré:
Después de las oportunas presentaciones, pedí a cada persona que se hiciera consciente de cualquier aspecto, relacionado con este equipo, que captase su atención en ese momento: cualquier emoción, cualquier pensamiento, cualquier sensación, por muy insignificante que fuera. Compartir posteriormente todo lo recogido en esos minutos fue como calzarse las botas de 7 leguas. Comenzar a escuchar y a construir desde lo sencillo, desde lo inapreciable, desde lo pequeño, con la actitud “esto es lo que hay”, es un muy buen comienzo.
Y luego, pasamos a la segunda receta infalible: “quiero que mostréis afecto a vuestros compañeros con una afirmación sencilla, honesta y respetuosa”. Y allí comenzó a mostrarse el corazón del equipo, ese que hará que muchas cosas que la cabeza no entiende, no acepta, no comprende, se vuelvan inteligibles, se acojan y se comprendan. Despertar la sabiduría del corazón, junto a la de la cabeza es toda una garantía.
Soy consciente de que con esto no está recorrido el camino, y que queda trabajo por hacer. Pero también sé que estamos en el sendero adecuado. Sólo queda recorrerlo.
Alfonso Puerto









