Procrastinar: un mal hábito que afecta a nuestro rendimiento y bienestar

Posponer tareas importantes por actividades algo más placenteras puede carecer, a priori, de importancia. Sin embargo, los problemas que puede ocasionar a largo plazo para nuestra salud mental es algo que debemos de sopesar.

Por lo tanto, si eres una de esas personas que todo lo deja para el último momento, te recomiendo que leas este artículo y dejes de procrastinar ¡hoy mismo!

Por procrastinación entendemos la demora en la realización de tareas o toma de decisiones, esperando que se resuelvan por sí mismas.

Las razones por las que solemos aplazar estas tareas son muy diversas, y en la mayoría de los casos las solemos camuflar en forma de excusas, cuando lo que realmente tenemos es miedo de enfrentarnos a ellas, ya sea por inseguridades infundadas o recelo, o simplemente por pereza.

Con independencia del origen de este hábito, lo cierto es que procrastinar es la consecuencia de que muchas personas no realicen de manera eficaz su trabajo y suponga, por tanto, un gran enemigo de la productividad.

La mejor forma de ponerle fin es tomar conciencia de esta realidad y adquirir una serie de hábitos que nos permitan desterrar para siempre esta conducta de nuestro día a día. Porque, para ser sinceros, ¿quién no ha postergado alguna tarea importante?

Pues bien, poner en marcha pequeñas acciones nos puede reportar grandes beneficios, no sólo en cuestión de resultados profesionales, sino también de bienestar.

Una de las primeras cosas que tenemos que hacer es adoptar la “Regla de los Dos Minutos”, una teoría basada en el método GTD (Getting Things Done), que viene a resaltar que si hay una actividad que podamos resolver en dos minutos, hagámosla en ese instante. De este modo, evitamos que la lista de tareas que tenemos pendiente siga “in crescendo”, colapsando nuestra mente.

Otra de las opciones que tenemos es convertir esas actividades que nos desagradan en actividades rutinarias y mecánicas, de manera que las llevemos a cabo sin esfuerzo y de manera inconsciente.

Enfrentarnos a nuestros temores y dedicar algunos minutos a estas tareas también es otro modo de dejar de procrastinar, ya que una vez que ponemos nuestro cerebro en marcha nos va a resultar más fácil coger impulso para continuar. Nos sentimos mucho más motivados y con ganas de seguir.

Otra práctica que podemos realizar es compartir nuestro proyecto con gente de nuestro entorno, o simplemente, apuntar en un papel las cosas que debemos realizar. De esta manera, al expresarlo públicamente o dejar constancia por escrito, asumimos un mayor compromiso y nos resultará más difícil demorarlo.

También soy de las que pienso que todo esfuerzo merece su recompensa. Así pues, ¿por qué no darnos un capricho una vez que hemos concluido con nuestras obligaciones? Seguro que así afrontamos nuestro trabajo con mayor entusiasmo.

Estos consejos no servirán de mucho si tampoco ponemos remedio a todas aquellas distracciones, ya sean móviles, Internet, conversaciones … que ponen a prueba nuestra fuerza de voluntad y constancia. Debemos priorizar y entrenar nuestra mente para saber decir NO.

Es importante que tengamos claro que, para ganar en rendimiento y bienestar, tenemos que dejar de procrastinar y pasar a la acción. Así, nos sentiremos liberados de ese sentimiento de culpa que muchas veces nos invade por no hacer frente a nuestras responsabilidades; y os aseguro que pasaremos a ser más productivos y eficaces en nuestro día a día.

 

Sandra Gallego Chaves

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